martes, 14 de julio de 2009

Evocando su inquieto mirar de pendejo y peregrino por esas calles, por los cementos ardientes de la calle estival, cuando lo veia venir a ese punto de encuentro en esa banca roñosa caracoleando la vereda con su vaivén. Recuerdo divisarlo apurado caminando directo hacia mí. En la Avenida a todo sol, a todo calor, ese verano lo conocí.
Y además recuerdo a las seis de la tarde, cuando me relajaba de un intenso día, el teléfono que llama, el teléfono que grita su nombre, y así nos cruzamos en esta maraca ciudad, y pronto las cervezas balticas y prontos los pitos y los cigarros Malaga y más tarde que caímos al pasto de esa plaza medio muertos escuchando Armonía de Amor de Gondwana, medio volados por ese encuentro fortuito donde nos contamos todo, donde nos dijimos todo atropelladamente. Allí me contó entre quemada y quemada el patiperrear de sus cortos años en busca de alguna esperanza, jamás pensé que él sería la persona que me acompañaría en los meses siguientes.
Ese amor suave e incondicional actuó como un bálsamo y fue lentamente curándome del rencor. Pude comprenden los sentimientos y la fatalidad inexorable de estos; Nuestro amor debía ser una fuerza telúrica, un terremoto que nos arrastró sin remedio. Recordé como luchamos contra aquella atracción antes de sucumbir a ella, cuántos tabúes debimos vencer para estar juntos.
Aunque sea un mal necesario, un eterno niño de 20 años, que a veces es medio basuro, me cambie el canal cuando quiero ver Disney Chanel, me saque celos. Sabe que lo quiero y que estaré ahí cada vez que me necesite.

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