miércoles, 29 de julio de 2009

Eran las diez de la Noche anterior, el cansancio barría conmigo. No solo los árboles gimen y lloran bajo la carga de la pena, también yo. Hubiera querido en ese instante, abrazarlo, estrecharlo para cobijar así su infante y existencial decepción. Ser como un árbol para brindarle la sombra fresca de mi tibio amor. Creo que soy incorregible y ya no puedo cambiar: A él lo llevaré donde vaya mientras dure su recuerdo y en una ráfaga de viento pondré mi vida a sus pies y no lo sabrá hasta el fin y ese instante lo perseguirá por el resto de su vida para decirle que alguien lo ama intensamente, solo un instante. Lo más probable es que este delirando al comunicar semejantes impresiones, pero no puedo evitarlo, me gustaría comunicarle que lo amo y que el amor que profeso es persistente. Después, tal vez, quizás lo olvide, cuando mi corazón vagabundo vuelva a su soledad patológica. Por ahora, no quiero pensarlo, considero que queda mucho amor para seguir explotando. Hay que entender que no todo se borra con un después, no todo sucumbe en el teatro formal de la despedida, no siempre uno se queda mirando la otra mitad del mundo y evita mirar atrás para que no lo traicione el paisaje de la asolada partida.
Digamos que la inspiración de estas letras es un hombre maduro, con huellas de juventud en su expresión, de pelo y ojos castaños y un aspecto distraído, pero resuelto. A pesar de los distintos planos de su mirada, la resolución en el inequívoco brillo de sus pupilas es evidente.
Me sorprende el modo en que la determinación adulta en sus ojos convive con una energía juvenil. Es un rostro limpio pero cansado. Un poco inaccesible, tal vez. No se logra entender indicio alguno de ansias de agradar, ni un anuncio siquiera. Y en su expresión no se lee ni el bien ni el mal, pero cuando me mira, logró saber lo que esta pensando. Habla con el tono de quien supone que todo el que lo escuché le dará la razón, como si no hubiera verdad posible lejos de la suya y eso me hace gracia. Compartímos un elemento crucial: Soportar mal la vida pública, él se cansa de sí mismo con enorme facilidad, como yo. En ese sentido, no es egocéntrico.
Él me gusta. Yo siempre he pensado que la locura no cabe en este mundo, pienso que si le diera cauce a la mía, me señalarían como una disociada, un elemento perturbador sin ningún encanto que solo daña a los que están a mi alrededor; nadie me rescataría, salvo él.
La confianza creó entre ambos un vínculo indisoluble, que nos ayuda a soportar nuestros miedos, instalado en nuestras vidas como una presencia maldita.
Yo soy pasional, entonces los celos, inevitablemente, han marcado parte de mi repertorio sentimental. Los celos deben venir del lado oscuro, son masoquista y producen pudor y verguenza. Cuando los experimento siento como la sangre se vuelve más caliente y es casi irrisorio puesto que es un estado del que nada ni nada puede sacarme. Son una neurosis, son una cosa mental, un instinto animal de querer marcar territorio, es un sentimiento primitivo al igual que el amor. Yo lo amo. -

jueves, 23 de julio de 2009


Volvió a reír, y siguió riendo desbocado mirándola de reojo, estirando la tenaza cariñosa de su brazo para apresar sus hombros de queltehue: Y las risas de ambos se confundieron en el viento tibio que dejaron atrás. El resplandor de los aromas pasaban fugados a morir en sus espaldas, dejando pétalos tirados al viento. Parecen mariposas, dijo ella con un dejo de tristeza, y encendió el reproductor para no llorar, para huir de allí. Él no se movió, sonriendo, dichoso como siempre cuando estaban juntos. Esa intimidad que compartían hacía algunos meses, seguía pareciendole una sorpresa prodigiosa. La conocía en sus más sutiles secretos, no tenían misterio para él sus ojos de humo que se humedecían agradecidos al realizar el inventario de su amor, tantas veces la había recorrido, que podía dibujarla de memoria y estaba seguro que cuando quisiera podría evocar esa geografía; pero cada vez que la tenía entre sus brazos lo embargaba la misma emoción sofocada del primer encuentro.

martes, 14 de julio de 2009

Evocando su inquieto mirar de pendejo y peregrino por esas calles, por los cementos ardientes de la calle estival, cuando lo veia venir a ese punto de encuentro en esa banca roñosa caracoleando la vereda con su vaivén. Recuerdo divisarlo apurado caminando directo hacia mí. En la Avenida a todo sol, a todo calor, ese verano lo conocí.
Y además recuerdo a las seis de la tarde, cuando me relajaba de un intenso día, el teléfono que llama, el teléfono que grita su nombre, y así nos cruzamos en esta maraca ciudad, y pronto las cervezas balticas y prontos los pitos y los cigarros Malaga y más tarde que caímos al pasto de esa plaza medio muertos escuchando Armonía de Amor de Gondwana, medio volados por ese encuentro fortuito donde nos contamos todo, donde nos dijimos todo atropelladamente. Allí me contó entre quemada y quemada el patiperrear de sus cortos años en busca de alguna esperanza, jamás pensé que él sería la persona que me acompañaría en los meses siguientes.
Ese amor suave e incondicional actuó como un bálsamo y fue lentamente curándome del rencor. Pude comprenden los sentimientos y la fatalidad inexorable de estos; Nuestro amor debía ser una fuerza telúrica, un terremoto que nos arrastró sin remedio. Recordé como luchamos contra aquella atracción antes de sucumbir a ella, cuántos tabúes debimos vencer para estar juntos.
Aunque sea un mal necesario, un eterno niño de 20 años, que a veces es medio basuro, me cambie el canal cuando quiero ver Disney Chanel, me saque celos. Sabe que lo quiero y que estaré ahí cada vez que me necesite.