Me di cuenta que no se trataba de una aventura de la carne; lo que nos unía era un amor probado, dispuesto a correr todos los riesgos y arrastrar en su paso cuanto obstáculo se pusiera por delante, como un inexorable río de lava ardiente.
No soy mujer de lágrima fácil, pero en esa ocasión él me vio llorar y no intentó consolarme, sólo me acarició con esa ternura distraída que algunas veces empleaba conmigo. Su perfil parecía de piedra, la boca dura, y la mirada fija en el cielo.
Confesó que me había echado de menos, que cada vez le costaba más alejarse de mí, aunque fuese solo por unos días. Lo miré y me pareció tan guapo, tan fuerte, tan mío...D(L)
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