
No puedo comprender lo que me atraía tanto de él. Era un hombre maduro, sin ninguna coquetería, que arrastraba ligeramente sus pies y había perdido la alegría injustificada que lo hacía tan atrayente. No era risueño, tampoco era seductor, ni tierno conmigo; entonces, no había razón alguna para desearlo en forma descomedida y brutal que me sumía, muchas vecees, en el ridículo y en la desesperación, pero no podía, ni tampoco quería, evitarlo. Sus gestos menudos, su tenue olor, la luz de sus ojos, todo (absolutamente todo) en él me gustaba. -

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